Antinoe

Antinoe Relato Gloria Torres Dauden Antinoo

Se había enamorado de una estatua. Eso me dijo. Al principio me reí, pero ella seguía seria, mordisqueándose una uña. En sus ojos había un brillo extraño, un centelleo verdoso. Mientras seguía hablando de ello no pude más que asentir, desde luego parecía enamorada. Me llevó al museo del Prado casi a rastras y sin dejar de hablarme de aquel cacho de mármol viejo en todo el trayecto. De prisa me arrastró de una sala a otra, casi sin detenerse. Los cuadros pasaban a mi lado como árboles por la ventanilla de un tren. Se detuvo al fin ante la sala setenta y cuatro.

Despacio, casi con temor reverencial, caminó hacia el fondo y se quedó muy quieta frente un busto romano. Eso era. Para mí no había nada más allí. Piedra fría. Sólo eso.

—Su rostro —me dijo. Su mano me rozó el hombro—. Observa sus ojos. En vez de eso la miré a ella. —Es la melancolía en piedra —susurró—, la tristeza más pura que he visto nunca, apacible. Como…. —dudó— Amaneceres. Inocencias perdidas. Seguí mirándola. Sus ojos castaños se enverdecían mientras sonreía con cada palabra. —Yo también lo hubiese convertido en dios —dijo mientras daba vueltas alrededor de aquella piedra labrada —Antinoo —sonrió aún más al nombrarle—. Antinoo. Mira sus cejas, su nariz recta, sus labios carnosos, la perfección de sus rizos. Me pareció que había lágrimas en sus ojos cuando dio media vuelta para irse. —Está tan solo. Tan solo —repitió como una letanía.

Después de eso nos tomamos una caña en el bar donde ella trabajaba. Apenas me habló. Sus pensamientos flotaban muy lejos de allí. Cada domingo regresó al museo a verle. Se leyó “Memorias de Adriano” con la esperanza de que hablaran de él. Rastreó por internet y bibliotecas cualquier texto que mencionara a aquel joven convertido en dios. Con expresión soñadora me contaba que en el pasado lo había conocido, que lo había amado tanto o más que el emperador Adriano. Estaba segura de aquello. Yo solo la miraba. Veía como sonreía al aire, como hinchaba el pecho y soltaba despacio mientras se llenaba de amor por un hombre muerto.

La acompañé tan solo una vez más al museo. Fue entonces, a la salida, cuando me contó sus planes. Sentada en su bar frente a una taza de té. Sus ojos centelleaban.

—No para ahora —me dijo—. Claro. No tengo el dinero, pero sí muchos años por delante. Y ya he empezado a ahorrar. Debí mirarla con asombro porque ella me sonrió aún más y posó una de sus manos sobre las mías. —Hay tantos lugares para seguirle.

Era cierto, según me fue contando, el emperador había repartido sus estatuas por todo el Imperio romano y con el tiempo otros las habían comprado. Se podía recorrer el mundo tras la pista de nuevas efigies de Antinoo y eso era lo que ella soñaba.

—Lo que ya no era posible es ver Antinoe —me dijo cabizbaja. No le pregunté, pero ella se explicó. —La ciudad que construyeron en su honor. Estuvo en pie durante siglos, pero fue destruida. Hasta el siglo XIX aún quedaba algo en pie. Ahora no hay ni ruinas.

Ella continuó con sus visitas al Prado, sus investigaciones y su ahorro compulsivo. Pensé que se le pasaría, pero, casi tres años después, me llamó para volver al bar. Extendió un mapa de Europa sobre la mesa y me señaló las marcas rojas que había dibujado sobre él. —Empezaré en Londres porque allí tengo amigos con los que alojarme, luego París, después quizás Múnich o Viena y después Italia —sonrió iluminando el mundo de verde— en Italia hay tantas imágenes… y en el Vaticano está una de mis favoritas. Pero también queda Grecia. Me muero de ganas por ver el busto del Arqueológico Nacional y las estatuas de cuerpo entero de Elefsina y de Delfos.

 

No le dije nada. Solo escuché mientras seguía explicando su viaje. Un viaje que culminaba a orillas del Nilo donde Antinoo se había ahogado en octubre del año 130.

—Gastaré poco —continuó—, y si me quedo corta trabajaré en lo que encuentre. Hay bares y restaurantes en todos lados. No habrá problemas. Quise decirle que era una locura, pero el brillo de sus ojos verdosos me paralizaba. —Algún día tendré dinero de verdad —dijo— y comenzaré a reconstruir Antinoe. Primero una casa, luego otra, luego los templos y traeré de vuelta la estatua del Museo Pio-Clementino para ponerla allí, en medio, para que todos puedan admirarle —se rió y apoyó la cabeza en las manos—. Al menos yo me instalaré allí. Y quizás otros me sigan. No ahora, pero en siglos Antinoe estará en pie de nuevo.

Tampoco entonces dije nada. Ella abandonó su trabajo, hizo sus maletas y tomó el primer vuelo con el que comenzaba su peregrinaje. Me llamó desde Londres emocionada para contarme las nuevas estátuas, relieves y monedas que había visto y sus planes para la siguiente etapa. Así siguió sucediendo con Francia y con Alemania. Siempre parecía tan alegre, tan solo se enojaba cuando me hablaba de las obras que estaban en colecciones privadas. En ocasiones me mandaba emails con fotos suyas frente a lo más destacado de cada ciudad y, al fin, una mañana recibí una carta con matasellos de Atenas. Dentro había una foto impresa. Ahí estaba ella, con sus ojos reluciendo de verde al lado del maldito busto de facciones perfectas. Tuve que reconocer que hacían buena pareja. Después las noticias se hicieron más escasas. Se había quedado en la capital griega a trabajar en un bar de una zona turística. Eso fue lo último que supe. Durante años le escribí y la llamé tratando de saber de ella, pero no hubo resultado. Supe que seguía en contacto con su familia y eso me tranquilizó Pero al final recibí la noticia de que había llegado al Nilo y que se había acercado a la misma orilla de la que sacaron el cuerpo inmóvil para siempre de aquel joven que dio nombre a una ciudad.

Me dijo que el agua la había tentado, que había estado a punto de lanzarse ella también, de ahogarse, de llenar sus pulmones con la misma agua que había ahogado a Antinoo.

Entonces yo también hice planes y maleta, y fui en su búsqueda. La encontré en una casucha en medio de la nada, en Egipto. Antinoe estaba resurgiendo, y yo iba a ayudarle, aunque solo fuera por ver cada día el verdor de aquellos ojos.

antinoo Gloria torres dauden

TEXTO: Gloria Torres Daudén

IMAGEN: Antinoo de Museos Vaticanos y Antinoo del Arqueológico Nacional de Atenas, conmigo 🙂

REFERENCIAS: Antinoo. Me “enamoré”  de su busto en el Arqueológico Nacional de Atenas en 2007  y sigo decida a “seguirle” por el mundo aunque no llego a tanto como a tirarme al Nilo o a refundar Antinoe… xD aunque robar la estatua del Vaticano me tienta jaja. Tengo un par más de relatos inspirados en Antinoo, quizás los publique en algún momento. Este ya fue publicado hace un año en Sikooydenee.com

Todo acaba

blake relato gloria torres dauden
Lord Henry Wotton contemplaba las lilas mecerse en la brisa que acariciaba el jardín. Entrecerró los ojos al tiempo que se llevaba un cigarrillo a los labios. Acarició con un dedo el grabado de la serpiente que coronaba su bastón, luego se volvió al frente para ver a aquel joven de fascinantes rasgos al que Mr Dogson fotografiaba con su máquina nueva, ese extraño invento que registraba la luz. Henry se sonrió. Pese a la ausencia del lienzo y del olor a pintura era imposible no recordar el pasado, aquel día en que, sentado en el taller del fallecido Basil había experimentado el exquisito placer de contemplar el rostro de Dorian Gray sobre la tela. Tras aquello había conocido al joven en persona y cierto es que Dorian le había deslumbrado, pero poco comparado con el Narciso que se encontraba ante la cámara. Aunque quizás fuese sólo una ilusión. Recordó los ojos de Dorian y sus labios. Ahora no era más que polvo, pese a su intento de escapar a la decadencia natural de la vejez. Sin embargo, Aquel joven que posaba para el fotógrafo era todo luz. “Apolo Helios”, se dijo Lord Wotton y sonrió. Su iridiscencia de ángel llenaba el estudio y el fotógrafo parecía encantado, tanto como Basil mientras pintaba embelesado a aquel joven maravilloso que acabaría siendo su verdugo.
Lord Henry sonrió de nuevo, dio unas caladas al cigarrillo y luego se levantó y se acercó al fotógrafo al tiempo que aplaudía.
—¡Bravo! ¡Bravo! —felicitó—. Qué gran modelo. Así es imposible no tener un buen resultado. El arte llama al arte —señaló al joven. Sus mejillas se sonrojaron—. Y tú, mi querido muchacho, eres arte. De eso no hay duda.
El fotógrafo dejó por un momento su cámara.
—Tomemos una copa —propuso Henry—. ¿Tendrás ginebra?
El fotógrafo asintió y marchó a por la bebida. El chico se sentó en el diván y se frotó la frente, apartando con sus dedos de alabastro unos mechones rubios.
—¿Cansado?
Henry se le acercó y le sonrió. Cuando el joven alzó sus ojos de mar, recordó su primer encuentro con Dorian con un estremecimiento, y el deseo le quemó como el sol de mediodía. Aquel chico debía ser suyo, igual que Fausto había caído, igual que Dorian.
El chico asintió con timidez y Henry rió para sus adentros sabiéndose ya dueño de aquella alma intacta, dulce como el aroma de las lilas. Como aquellas flores se corrompería, si no su alma, su cuerpo. Sus cabellos se agrisarían, sus labios perderían el color y toda su piel se resecaría como un pétalo al sol. Podría decirse que le estaba ayudando.
—Lástima que vayan a marchitarse —dijo como si tal cosa mientras señalaba las flores—. ¿No te parece?
El chico asintió y Lord Wotton se sentó a su lado. Ya casi lo tenía. Sólo faltaban unas palabras más, un empujón más y cedería, rogaría como había rogado Dorian y el pacto estaría sellado.
El fotógrafo regresó entonces con tres copas que rellenó hasta los bordes. Henry aprovechó el brindis para celebrar el arte y la belleza imperecedera que quedaría grabada en aquellas fotografías. El chico reaccionó ante sus palabras palideciendo y Henry supo que ya lo tenía, solo debía tirar un poco más y sería suyo. Aspiró el aroma de las lilas con satisfacción mientras tragaba la ginebra. Las manos del Narciso temblaban. Muy poco, quedaba muy poco. Apuró la copa y sonrió al muchacho que le devolvió el gesto. Cuando repitió sus frases envenenadas sobre la importancia de la belleza y la juventud vio en los ojos del muchacho la constatación de su victoria. Y el fotógrafo no era como Basil, no. No era más que un pelele con buen gusto. En ningún momento le recriminó sus palabras, tan solo bebió su copa y marchó a comprobar algo de su extraña máquina. Luego les rogó que le disculparan y entró a un cuarto en busca de unas lentes.
Entonces Lord Henry le ofreció uno de sus cigarros y le susurró al oído su propuesta. El chico miró hacia el espejo que colgaba frente a él en un marco recargado y Henry asintió.
—Ese será siempre tu aspecto —le susurró de nuevo—. Y con belleza y juventud no habrá nada que se te resista.
El joven tembló entonces. Se puso en pie y se contempló en el espejo, cada vez más cerca, como si su imagen lo atrajese, como si lo arrastrase una corriente. Lord Henry se mantuvo en el diván, sus dedos jugueteaban con la seda del tapizado, suave como la piel de aquel muchacho. Las lilas se agitaron en una brisa súbita extendiendo un aroma a dulce corrupción, como el que sólo las cosas bellas producen a su muerte.
Narciso se volvió entonces hacia él, pero no había anhelo en sus ojos sino un gesto de desagrado que distorsionaba su belleza, como una roca arrojada al agua que embarra su placidez.
—Váyase, Lord Wotton, si así se llama realmente —el chico clavó en él una mirada súbitamente fiera—. Si es que los de su especie tienen un nombre pronunciable para los nuestros.
Henry negó con la cabeza e insistió:
—Te consumirás, pobre muchacho.
El viento arrancó unos pétalos de lilas que volaron al interior de la habitación, como una cortina aromática.
El muchacho palideció un momento, pero luego se puso bien recto y el color regresó a sus mejillas. Henry apretó las manos contra la empuñadura de serpiente de su bastón. Su rostro se enrojeció. Lo había perdido, su encanto irresistible se había consumido. Jadeó mientras el joven se erguía aún más, triunfal como un San Jorge sobre el dragón agonizante. Cogió su abrigo y se marchó de allí sin mirar atrás, el aroma a lilas descompuestas se pegó a su piel.

TEXTO: Relato de Gloria Torres Daudén

IMAGEN: William Blake

REFERENCIAS: Múltiples. Literarias y mitológicas. Se convirtió en una especie de juego de meter todas las posibles. ¿Cuántas veis? 🙂

Piedra Negra

Piedra negra relato Gloria Torres Daudén

Hades no me engañó. Mordí la granada por decisión propia. Lo hice despacio, mirándole al rostro. Había lágrimas en mis ojos, es cierto, pues sabía bien lo que perdía al unirme a él, pero no había otra opción. Sólo así estaríamos unidos. Le sonreí con el zumo agridulce en los labios y le besé. Hades sabía a tristeza, a soledad. Lo abracé con fuerza, deseosa de que mi calidez entrara en él. Y así, por él quedé atrapada sin la caricia del sol.

Pero fue demasiado tiempo. Demasiado. En invierno añoraba tanto el aire libre que me marchitaba y en primavera me escondía bajo árboles floridos a llorar. El sol brillaba, pero yo no sentía su calor. Las mariposas danzaban a mi alrededor, pero yo no las miraba. Sólo podía pensar en él. Jamás estaba completa. Ni en las sombras, ni en la luz. No, desde que mordí la granada.
Ahora sollozo entre la devastación. No hay flores esta primavera. Nunca más las habrá. Sólo hay roca negra y gélida. Ninguna vida vuela a mi alrededor y también yo me consumo.

Tenía la primavera y el verano para mí, pero aquella libertad era una trampa, una mentira. Pasear sobre la hierba fresca no me hacía sonreír. Las cadenas que yo misma me había atado seguían aferradas a mi piel. Podía ver el rosado de los amaneceres, pero sin Hades, aquella belleza era tan gélida como las piedras del infierno. Sentada entre ramas floridas lloraba. Las mariposas aleteaban a mi alrededor, nerviosas. No entendían por qué no bailaba, por qué mis brazos estaban fríos aún bajo el sol y por qué mis ojos eran grises como cenizas.
Sentada sobre la hierba fresca anhelaba el abrazo de Hades y lloraba porque sabía lo mucho que él sufría allí abajo, solo. Algunos años, al acercarse la primavera, pensaba en quedarme, en no pisar jamás la superficie, en permanecer a su lado. Pero aquello era imposible. No habría vida sin mí, y sin la luz del sol también yo me apagaría como una vela. Lo sabía. Él lo sabía también. Tenía que regresar.
Una primavera, a punto de marcharme, me quedé paralizada frente a Hades. Sus ojos carmesíes apenas brillaban más que unos rescoldos y estaban tan hundidos que casi desaparecían entre la palidez de su rostro. Bajé la cabeza, cerré los ojos y dejé atrás mi primavera. Corrí hacia él, lo abracé y le susurré que no se preocupara.
—Me quedo —le dije muy suave.
Él lloró sin lágrimas. Yo miré al techo de piedra negra y sentí como me consumía en sus brazos y como, en mi ausencia, la tierra permanecía fría y oscura.
Apenas aguanté unos días. Al final tuve que dejarle, una vez más. Esa primavera, sola y cabizbaja entre las ramas verdes de los árboles me decidí.
Entonces, la noche de mi regreso al inframundo, una noche tan oscura y fría como lo son todas, fui hacia él y le rogué. Una y otra vez le pedí lo que en otras ocasiones solo habían sido sugerencias veladas. Esa noche puse todo mi aliento en ese ruego. Y él me escuchó. Me rodeó con sus brazos y me besó. Un beso breve de sus labios gélidos.
—Iré contigo —me dijo. Su voz sonaba esperanzada. Lo miré a los ojos y me eché a llorar, pero eran lágrimas distintas. Las hojas marchitas de mi pelo reverdecieron un poco. Lo besé y lo estreché. Mi piel irradió un poco de luz y él sonrió.
Reí y bailé entre los espectros. Tenía todo lo que deseaba. Al fin. Al llegar la nueva primavera yo no tendría que dejarle atrás. Ya no ascendería en soledad el camino hacia la luz, ya no recorrería los campos cabizbaja. Esta vez él vendría conmigo. Esta vez caminaría de su mano.
Fue aquella la primera vez que yo cantaba desde que fui a vivir entre los muertos. Por fin me sentía con ánimos. Dancé y canté entre los espectros mientras Hades me miraba con una media sonrisa. Luego me eché en sus brazos y traté de que la luz que me llenaba lo iluminara a él también.
Reía como una niña. Mi risa resonaba en el eco que creaba la piedra negra que nos encerraba. Saldría al aire libre, saludaría al sol y a la luna y esta vez Hades vendría de mi brazo. Le enseñaría los árboles, le presentaría el aroma dulce de las flores y los cantos de los animales. Eso pensaba. Y la idea hacía que la oscuridad pesara menos, casi sentía el calor, aún allí abajo, encerrada como estaba. Esa primavera fue la que más anhelé desde que mordí la granada.
Ahora ya no hay árboles, flores ni estrellas. Solo piedra negra. Bien tendría que haber sabido que no es posible tenerlo todo. Bien debía haber recordado que al morder la granada me había atado a las sombras. Y la oscuridad no se mezcla bien con la luz.
Y lo sabía. Lo sabía cuando sostenía la fruta roja en mi mano. Pero yo le amaba. Por él bajé a vivir entre los muertos. Por sus labios dejé los amaneceres. Por su piel abandoné el canto de los pájaros. Por sus ojos perdí las estrellas. Por él lo dejé todo. Y sólo obtuve oscuridad.
Pero yo le amaba. Amaba la luz que anidaba en lo más profundo de él y como luchaba por sonreír para hacer que mis hojas enverdecieran. Cada vez que le rozaba la piel, que le dedicaba una mirada, sentía que él me necesitaba, que yo era la única felicidad en su encierro. Lo mismo era él para mí.
Ya no sé si fui más estúpida al proponerle que viniera conmigo o al morder la granada. El caso es que ahora sí que estoy sola. Para siempre. Ahora los he perdido a ambos. Bien sabía que Hades no podía salir de su reino de tinieblas, pero aún así lo empujé a hacerlo y ahora no habrá más primaveras ni abrazos. Sus pies quemaron la tierra, abrasaron la luz, igual que el inframundo quemaba las hojas de mi pelo. Jamás reverdecerá la tierra y jamás abrazaré a Hades. Su alma recorre el viento como un veneno negro, su aliento destruye todo lo vivo.
Y yo soy la culpable. Lloraría si aún pudiera pero soy solo piedra negra.

RELATO: Gloria Torres Daudén
IMAGEN: Julia Margaret Cameron

P.D. Nunca me gustó la idea del rapto. Ya era bastante tragedia la historia de Perséfone estando enamorada de Hades. Perséfone es mi personaje predilecto de la mitología y seguramente volveré a escribir sobre ella en el futuro.

P.D 2 El relato se llamaba en origen “Persephone 2012” Supongo que entenderéis la “broma” 😛

Aire y Fuego — El relato de la Inauguración de JAQUE MATE

CARTEL exposicion Gloria T Dauden Jaque Mate

CARTEL de la exposición Jaque Mate

El 11 de mayo de 2011 se inauguró mi segunda exposición titulada, Jaque Mate.
Podéis leer sobre la inauguración en este blog:

Aquí va el relato que escribí para la inauguración.

Me siento en la hierba roja, frente al precipicio. Está mojada de la lluvia. El frío se me cala y me ajusto el abrigo carmesí. Sigo tiritando, pero ya no importa. Nada importa. He llegado al final y sólo hay dos opciones.

Ya ni recuerdo el tiempo que llevo sola. ¿Días? ¿Meses? ¿Años? Pero recuerdo muy bien las últimas palabras de la sabia alfil, las mismas que me ella me repitió durante mi búsqueda, una y otra vez.
—La reina azul no existe.

Abajo, al otro lado del estrecho de mar y de las nieblas, está mi destino. Pero no me atrevo a acercarme más.
Mi ciudad me llama, noto como tira de mí su recuerdo, su olor a rosas y brasas, el calor de las piedras rojas de sus muros. Aquí acaba mi reino.

Más allá del acantilado empiezan los cielos azules y las olas. Tiemblo y no sólo de frío.
La sabia alfil me lo dijo mil veces: si me acerco al azul moriré; si me lanzo al mar me apagaré como una vela. Pero aún así yo insistí. Pese a las miradas toscas de las mías, del rechazo, de la incomprensión, yo insistí.
Sé que me creían loca. Ahora ya no dudan.

—La reina azul no existe —me dijo la sabia alfil una y otra vez—. Es sólo un cuento, un ideal, un sueño. Nunca la alcanzaréis.
Era difícil. Siempre lo supe. La reina azul era mi reflejo, mi propio yo en otra realidad, una de cielos azules y días fríos en los que el aire arrastraba copos blancos y no arenas ardientes.

Pese a todo, insistí. Mi séquito quedó atrás hace mucho tiempo. Ninguna pudo o quiso seguirme tan lejos. La guardiana de la torre y la alfil fueron las últimas en abandonarme y regresar a la ciudad carmesí. Aún creo oírlas a veces y ver sus miradas entre admiradas y compasivas.

El juego ha terminado. La poca fe que quedaba en su reina se ha perdido en el largo viaje hacia este imposible. Pero yo lo he encontrado. Pese a todo he llegado al fin del mundo, a este acantilado de hierbas secas. El rumor de las olas y los cielos morados me dan escalofríos. Siento deseos de correr, de huir, de regresar al calor de mis terrenos familiares, a las arenas rojas y a las murallas de mi ciudad. Sé ahora la verdad. No moriré. Si salto no moriré. Pero aún así, jamás regresaré. Nunca más veré la ciudad roja, sus torreones brillantes al amanecer, sus banderas ondeando como llamas. Nunca más.

Si salto seré suya, perteneceré al frío, a las olas y a los cielos azules.

Me pongo en pie, despacio. De nuevo, siento la tentación de volverme, de huir, de regresar.
Alzo la vista. Miro ese cielo extraño, ese color entre rojo y azul. Miro luego las olas, ese mundo que no es el mío, pero que ha de serlo.
Asiento. La garganta se me seca. Doy un paso más hacia el abismo. Sólo un paso más. No puede ser tan difícil, pero lo es. Dolor rojo, rojo como la tierra que perderé. Me parece oír un canto del otro lado, una llamada. Quizás esté loca. No importa. Ya no puedo regresar. Sólo hay dos opciones, seguir adelante afrontando el miedo o quedarme aquí, en tierra de nadie, bajo el cielo morado, sobre la hierba muerta.
Un paso más, sólo uno.

La Princesa Tenebrosa

La Princesa Tenebrosa estaba en su palacio de puntiagudos pináculos y torreones torcidos. Se preparaba para salir en medio del día de tormenta a ver eso de lo que todos hablaban.
—Mi Señora, Gaya —le dijo un silfo nocturno mientras la asistía en su baño—. Es como quedarse ciego. Y si te acercas demasiado… —balbuceó la criatura. Sus manos pequeñas señalaron el agujero abierto en su pecho.
Ella asintió. Había visto el efecto de la Nada en varios de sus súbditos ya. Pero aún así quería ir. Quería ver aquel horror con sus propios ojos. A fin de cuentas ella, como soberana de las criaturas tenebrosas no temía a nada. ¿Qué podía ser aquello, capaz de aterrar incluso a los suyos?
Una vez seca y vestida con sus mejores galas negras, el silfo nocturno le puso una diadema de huesos y plumas de cuervo sobre los cabellos negros. Después ella caminó, despacio hasta la gran puerta del palacio, cruzando los corredores en tiniebla.
Unos demonios de largos cuernos aguardaban en la calle frente a su litera de sedas rojas. Tomó asiento y ellos la levantaron. Después, entre gruñidos, la llevaron hasta las puertas de la ciudad de los espectros y de allí un largo trecho por los caminos retorcidos, más allá de las murallas. De vez en cuando Gaya asomaba su rostro pálido entre las cortinas y observaba con sus ojos llameantes. Pero tan sólo veía árboles secos, puentes, casuchas, estatuas rotas y ruinas de castillos y monumentos olvidados. Lo único, quizás estuvieran algo más grises de lo que lo recordaba, pero no podía estar segura. Hacía demasiado que no salía de palacio.
Siguieron adelante largo rato entre la niebla maloliente que cubría los caminos, hasta que ella volvió a asomarse, y entonces lo vio. O mejor dicho, no lo vio.
—¡Alto! —gritó.
Los demonios se detuvieron entre gruñidos y un vaho amarillento escapó de sus fauces.
Despacio, Gaya bajó hasta el suelo polvoriento. Sus pies descalzos sintieron el frio de las piedras. Miró al horizonte. Allí estaba aquel horror. Un masa de Nada, tal y como le habían dicho y en medio la transición grisácea cada vez más irreal que se acercaba, avanzando, despacio, hacia su ciudad. Le temblaron las manos.
—Es verdaderamente atroz —murmuró para sí. Entonces oyó un gruñido a su espalda. No era de los demonios, sino uno más ronco. Se dio la vuelta deprisa. Su cabello negro osciló en el aire turbio. Ante ella vio a un enorme lobo de pelaje oscuro.
Gaya lo observó un momento.
—No eres de aquí —dijo al fin—. ¿De dónde vienes, extranjero?
—Eres sabia, mi Princesa —resonó la voz ronca del lobo.
Gaya esbozó una sonrisa torcida.
—Conozco a mis súbditos.
—Y habéis venido a ver la Nada —constató él con algo similar a una sonrisa.
Ella asintió despacio.
—¿Os parece hermosa? —preguntó el.
—Me parece irreal y turbadora —se agitó un instante—. Pero es atractiva, de algún modo —miró hacia la Nada un instante—. Mis piernas parecen querer acercarse a ella.
El lobo pareció sonreír.
—Pero no lo haré —añadió la Princesa—. Sé lo que hace si te aproximas demasiado. Lo he visto. Un agujero les atraviesa, les devora. Poco a poco dejan de existir.
—Sí —rugió el lobo. Sus ojos centellearon de verde.
Gaya arqueó las cejas. Le pareció que la criatura se ría.
—¿Quién eres? —insistió ella.
—Puedes llamarme Gmork, mi Princesa.
Ella dudó un momento, mientras se rascaba la mejilla con una de sus larguísimas y retorcidas uñas negras.
—Ven a palacio y hablaremos, Gmork.
Los ojos del lobo brillaron de verde.
—Será un placer, mi Princesa.
Tras esto, ella subió de nuevo a su litera y se tumbó sobre las sedas. Los demonios se pusieron en marcha y entre sus gruñidos, Gaya oyó los pasos retumbantes del enorme lobo negro que la seguía.
Durante días y noches permaneció Gmork en compañía de la Princesa como si se tratase de un perro. Ella lo acariciaba y lo acicalaba. No se apartaba jamás de su lado. Ni siquiera cuando tomaba sus baños largos y untaba su cabello largo con sangre joven. Era especialmente fácil conseguirla ahora que la Nada había aislado aldeas y que los héroes, en su mayoría, habían perecido en inútiles luchas contra la devastación y ya no podían proteger a niños del acecho de sus sirvientes.
Gmork la miraba con fascinación en sus ojos profundos. Ella sonreía a su manera, pues agradecía su compañía. Siempre había sido muy solitaria su vida en aquel palacio oscuro, pero había otro motivo por el que lo había traído. Tiempo atrás, había oído hablar de los hombres-lobo a algunas de las brujas que la servían. Gaya quería saber el secreto que escondía Gmork, y tan sólo de él podría obtenerlo, por eso lo trataba con la mayor de las simpatías y le permitía cazar lo que gustase, incluidos a sus propios súbditos.
Y, poco a poco, el gran lobo negro se fue confiando. Una noche, entre bostezos de él y caricias de ella, Gmork le explicó que carecía de mundo. Otra, mientras ella se peinaba y él devoraba el cadáver de un gnomo, le contó que pasaba de uno a otro sirviendo al poder. Así fue sucediendo, al caer cada noche que él se abría cada vez más, desvelando, despacio, cada uno de los secretos de los hombres lobo. Y ella, encantadora, a su manera, lo alababa por sus malas acciones en la tierra de los hombres, lo felicitaba por las guerras que había causado, sonriéndole con su gracia oscura y celebraba con copas de sangre los infortunios que se habían generado el lobo con cada uno de sus actos. Y Gmork hinchaba orgulloso el pecho ante los ojos llameantes de la Princesa Tenebrosa.
Con el paso de los días la Nada se cerraba más y más entorno a la ciudad de los espectros. Las propias murallas se volvían grises y Gaya se apresuró en obtener más respuestas mientras una pesadumbre le llenaba por dentro. Se sentía como una sombra que vagaba por los pasillos desolados de su palacio. El silfo nocturno había desaparecido ya del todo sin que supiese qué había sido de él.
La Princesa puso entonces todo su empeño en mostrarse aún más espléndida con su invitado. Y poco tardó Gmork en caer en su trampa. Al fin, una noche, frente al balcón que daba a una plaza de árboles torcidos, el gran lobo le contó todo, su gran secreto. Le desveló al fin que había sido enviado para devorar a aquel en quién la Emperatriz Infantil había puesto todas sus esperanzas, a destruir la última opción de ambos mundo, el fantástico y el humano. Con la muerte de ese héroe, Fantasía no tendría ya salvación. Había perdido su rastro, eso le dijo, con un gruñido ronco. Cerca de las tierras de Ygramul el Múltiple, pero aún así, lanzó una risotada de lobo. La Nada lo arrasaba todo y pronto moriría la propia Emperatriz. El lobo lanzó un aullido de satisfacción y ella le sonrió. De una forma u otra, Gmork se creía vencedor.
Gaya lo escuchó en silencio, con una mano sobre el pelaje negro de él. Sus uñas retorcidas le acariciaban tras las inmensas orejas.
Esa noche, al acabar su relato, Gaya le ofreció a un asustado duende. El lobo saltó sobre él de inmediato, devorándolo aún antes de darle muerte. Una vez saciado se quedó dormido, presa del sueño narcótico que creaba aquella carne. La Princesa negó con la cabeza y torció el gesto. Chasqueó luego sus dedos largos y blancos. Unos sirvientes de cuerpos retorcidos trajeron unas cadenas muy gruesas.
Los demonios de su guardia sacaron entonces al lobo narcotizado hasta la calle y en una plaza, frente a la estatua de un esqueleto suplicante, lo encadenaron.
Luego, otros sirvientes bajaron una silla de ónice negro y sedas rojas. Allí se sentó Gaya, con las cejas enarcadas, frente al lobo. Allí pasó toda la noche, estática como una estatua de mármol bajo la luz blanca de la luna. Cuando Gmork despertó vio a la Princesa frente a él y se agitó con furia. Sus patas se revolvieron una y otra vez sin lograr librarse de los grilletes.
—No me agrada este juego, mi Princesa.
Ella esbozó una sonrisa torcida.
—Tampoco a mí el tuyo, medio ser.
Y Gmork se estremeció al comprender su error. Sus mandíbulas poderosas se hundieron en el metal sin hacer el menor rasguño a aquella cadena que lo aprisionaba.
—Has olvidado, Gmork —dijo con la cabeza muy alta la Princesa desde su sitial negro—, que también yo soy una de las criaturas de fantasía. Y si luchas contra Fantasía luchas contra mí.
Gmork aulló muy alto mientras todo su cuerpo se estremecía.
—Esta cadena solo la puedo abrir yo —añadió Gaya. Se puso en pie y dio unos pasos alrededor del cautivo, manteniéndose siempre fuera de su alcance. El lobo la siguió con la mirada, sus ojos centelleaban con una expresión que nunca antes habían mostrado. Las uñas retorcidas de la Princesa señalaron los eslabones negros
—Sin embargo —La voz de Gaya tembló un poco—, ahora me iré a la Nada con mis sirvientes y no volveré jamás.
El lobo lanzó un aullido que hizo retumbar las piedras ruinosas de la plaza. Luego su cuerpo enorme se agitó de un lado a otro. Sus ojos ardieron mientras se revolvía una y otra vez sin resultado.
Ella le dedicó una última mirada y se dio la vuelta. Su túnica negra se agitó en el aire enrarecido mientras se marchaba, hacia las murallas grisáceas, cada vez más irreales y hacia su final. A su espalda, cada vez más lejano escuchó el lamento desolador del lobo.

(Imagen: Franz von Stuck “Solomé”.  Texto: Gloria Torres Daudén aka XayideYaxide. Referencias: “Michael Ende)

La llegada del Salvador


Los ojos de Xayide, uno rojo, el otro verde, centelleaban. Meditó un instante ante el espejo enorme y retorcido de la escalera. Estaba más pálida de lo habitual y tenía un gesto de preocupación en la comisura de los labios. Se puso en marcha. Aquí y allá lanzó órdenes a sus gigantes acorazados.

—¡Más rápido! ¡Bajad eso! ¡Así!

Deprisa, subió los peldaños. Sus manos blancas sostenían la túnica violeta. Una vez en el salón encantado, revisó los péndulos y relojes siderales.

—Pronto —se dijo con voz temblorosa.

Miró por uno de los muchos ojos de su castillo. Allí abajo lo vio. Allí,  entre las orquídeas carnívoras de su jardín estaba la enorme comitiva que guardaba al Salvador. Entre las cientos de tiendas vio la más  lujosa en la que estaría él, planeando como vencerla. Porque no pensaba subyugarse a ella. Muy al contrario, pronto vendría hasta ella, poniendo en peligro a los prisioneros que pendían en las mazmorras para enfrentársele y demostrar su valentía.

Respiró hondo.

Pronto lo tendría ante ella en esa misma estancia del castillo de Horok. Y ella lo miraría, bajaría sus largas pestañas y se postraría ante él. Le prometería ser su esclava y aprender de él y Bastian, henchido por el orgullo y la estupidez de tantos otros antiguos Salvadores, caería en sus redes y la aceptaría en su servicio.

Pero antes debía estar lista. Notó como le temblaban las manos. La constatación le enrojeció las mejillas, golpeó la pared de piedra con la palma abierta. Sintió el frio de la roca. Tomó aire de nuevo y revisó en su mente los preparativos. Ya había enviado su litera de camino para cuando él la aceptara y había colocado a sus acorazados en diversas zonas del castillo, de manera que el Salvador pudiese llegar hasta los condenados primero y luego hasta ella sin grandes problemas. Sabía también que él contaba con Sikanda, la hoja que guardaba la Muerte Multicolor, con ella destruiría a sus gigantes negros sin resultar herido. Y así debía ser. El Salvador debía interpretar que ella lo había subestimado, que era tan poderoso como para vencerla. Su orgullo sería su caída. También había resuelto la manera en que el Salvador podría rescatar a aquellos soldados. Sería fácil. Uno de ellos había atisbado la llave cuando lo izaron. Con eso bastaría.

Resopló y caminó de un lado a otro, gritando  sus órdenes.

—¡Arriba! ¡Abajo! ¡A las ventanas! ¡Con los prisioneros!

No era necesario. Los dominaba su mente. Pero al oír su voz, notaba como si la tensión huyera de su garganta, como si la liberara, como si dos cuervos enormes escaparan de su pecho y volaran a través de las múltiples ventanas en forma de ojo del castillo.

Con sus dedos largos rozó los péndulos y acarició los relojes. Luego encendió las velas y propagó la esencia amarga de las hierbas por la sala. Paseó de un lado  a otro, meditabunda, sus dedos aún temblorosos.

Brillaron sus ojos rojo y verde.

No hacía falta nada de aquello para nublar el juicio del Salvador. Se irguió tan alta como era. Tan solo se requería de la propia obstinación y el ego exagerado del niño humano. Pero aún así, ella estaría preparada. Se llevó una mano al pecho y notó sus pulsaciones aún aceleradas. Tomó aire. Él llevaba el Esplendor y como tal debía respetar tanto a los buenos como a los pérfidos,  pero no conocía a aquel muchacho y era cierto que temía lo que pudiese hacer en sus dominios con el poder de la Emperatriz Infantil.

Inhaló despacio una vez más. Reflexionó con una mano entre sus cabellos rojos. Despacio floreció su sonrisa. Él entendía que la había creado con sus deseos, a ella y a su reino, creía que ella existía como respuesta a sus ansias de grandeza. Sonrió aún más. Pero era ella quién había deseado desde tiempos inmemorables un Salvador lo suficientemente ambicioso como para llegar hasta su castillo y darle la oportunidad de alcanzar el Pabellón de Magnolia de la Torre de Marfil. Y Bastian era así. Eso había visto a través de sus mágicos artefactos. Eso había visto en sus acciones en la Ciudad de Plata, en la manera en que se había expuesto al mundo, riéndose de Hýnreck el héroe y dejando como  ineptos a otros como Atreyu, del mar de hierba. El chico le serviría.

Tomó aire, y gritó de nuevo a sus acorazados.

—¡Arriba! ¡En la escalera! ¡En las ventanas!

Con los bajos de la túnica levantados bajó aprisa los peldaños hasta los sótanos. Pronto le llegaron los gemidos lastimeros de los prisioneros. También notó el olor a moho  en el aire enrarecido, así como el frio de aquellas plantas enterradas en lo profundo. Rió muy suave al ver cómo se consumían los tres soldados de Bastian. Tenían los ojos cerrados, pero seguían conscientes, colgando de las muñecas sobre el pozo negro que les robaba la vida. Su dolor llegaba a ella como una caricia. Sonrió. Uno de ellos despegó los párpados con dificultad. Sus ojos centellearon con pavor y Xayide amplió su mueca.  Revisó que la llave que los liberaba de aquel tormento siguiera bajo la losa de piedra y después regresó al  Salón Encantado. Fuera comenzaba el movimiento. El campamento se había levantado y los seguidores de Bastian se marchaban, Pero ella sabía muy bien que era una treta. El Salvador escalaba en ese momento los muros del castillo en búsqueda de sus tres compañeros. Xayide alzó la cabeza. Cogió el peine de ónice y, despacio, se cepilló el cabello rojo fuego. Lo trenzó luego mientras tarareaba una melodía siniestra. Después, con pasos decididos se sentó en su trono de coral y estiró los pliegues de su túnica violeta. Ensayó la mirada que dedicaría a su invitado. Y esperó. Cerró sus ojos mientras le daba tiempo. Sonrió. Los pasos del Salvador se oían ya por la escalera de piedra del castillo.

(Imagen: “Circe” de Waterhouse. Texto: Gloria Torres Daudén aka Xayideyaxide. Referencias: Michael Ende)

Esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión

Como devota de Michael Ende desde la infancia siempre he querido continuar las historias que él dejó abiertas, pero hasta que no tuviese el nivel suficiente no iba a atreverme.
Ahora, tras casi tres años de formación en la Escuela de Escritores, muchísimos relatos y una novela de unas 500 páginas casi terminada, me siento capaz.
Además, el año pasado estuve en el cementerio ante la tumba de Ende y se lo “prometí”.

Así pues usaré este blog para publicar mis relatos inspirados en personajes/tramas/detalles del “libro de los libros”, de “La historia interminable”, que de verdad, es interminable :__) (Además de colgar aquí algunos de mis relatos propios ajenos a la creación de Ende)

Comentadme y…¡Vivan las páginas verdes!

P.D. Hace muchos años, al inicio de los blogs tuve uno llamado también “la montaña errante”, he perdido el acceso, pero sigue por ahí, como su nombre bien indica, vagando por la red 🙂
Aprovecharé además para promocionar a mis pintores favoritos (prerrafaelitas, simbolistas y surrealistas ante todo)