La llegada del Salvador


Los ojos de Xayide, uno rojo, el otro verde, centelleaban. Meditó un instante ante el espejo enorme y retorcido de la escalera. Estaba más pálida de lo habitual y tenía un gesto de preocupación en la comisura de los labios. Se puso en marcha. Aquí y allá lanzó órdenes a sus gigantes acorazados.

—¡Más rápido! ¡Bajad eso! ¡Así!

Deprisa, subió los peldaños. Sus manos blancas sostenían la túnica violeta. Una vez en el salón encantado, revisó los péndulos y relojes siderales.

—Pronto —se dijo con voz temblorosa.

Miró por uno de los muchos ojos de su castillo. Allí abajo lo vio. Allí,  entre las orquídeas carnívoras de su jardín estaba la enorme comitiva que guardaba al Salvador. Entre las cientos de tiendas vio la más  lujosa en la que estaría él, planeando como vencerla. Porque no pensaba subyugarse a ella. Muy al contrario, pronto vendría hasta ella, poniendo en peligro a los prisioneros que pendían en las mazmorras para enfrentársele y demostrar su valentía.

Respiró hondo.

Pronto lo tendría ante ella en esa misma estancia del castillo de Horok. Y ella lo miraría, bajaría sus largas pestañas y se postraría ante él. Le prometería ser su esclava y aprender de él y Bastian, henchido por el orgullo y la estupidez de tantos otros antiguos Salvadores, caería en sus redes y la aceptaría en su servicio.

Pero antes debía estar lista. Notó como le temblaban las manos. La constatación le enrojeció las mejillas, golpeó la pared de piedra con la palma abierta. Sintió el frio de la roca. Tomó aire de nuevo y revisó en su mente los preparativos. Ya había enviado su litera de camino para cuando él la aceptara y había colocado a sus acorazados en diversas zonas del castillo, de manera que el Salvador pudiese llegar hasta los condenados primero y luego hasta ella sin grandes problemas. Sabía también que él contaba con Sikanda, la hoja que guardaba la Muerte Multicolor, con ella destruiría a sus gigantes negros sin resultar herido. Y así debía ser. El Salvador debía interpretar que ella lo había subestimado, que era tan poderoso como para vencerla. Su orgullo sería su caída. También había resuelto la manera en que el Salvador podría rescatar a aquellos soldados. Sería fácil. Uno de ellos había atisbado la llave cuando lo izaron. Con eso bastaría.

Resopló y caminó de un lado a otro, gritando  sus órdenes.

—¡Arriba! ¡Abajo! ¡A las ventanas! ¡Con los prisioneros!

No era necesario. Los dominaba su mente. Pero al oír su voz, notaba como si la tensión huyera de su garganta, como si la liberara, como si dos cuervos enormes escaparan de su pecho y volaran a través de las múltiples ventanas en forma de ojo del castillo.

Con sus dedos largos rozó los péndulos y acarició los relojes. Luego encendió las velas y propagó la esencia amarga de las hierbas por la sala. Paseó de un lado  a otro, meditabunda, sus dedos aún temblorosos.

Brillaron sus ojos rojo y verde.

No hacía falta nada de aquello para nublar el juicio del Salvador. Se irguió tan alta como era. Tan solo se requería de la propia obstinación y el ego exagerado del niño humano. Pero aún así, ella estaría preparada. Se llevó una mano al pecho y notó sus pulsaciones aún aceleradas. Tomó aire. Él llevaba el Esplendor y como tal debía respetar tanto a los buenos como a los pérfidos,  pero no conocía a aquel muchacho y era cierto que temía lo que pudiese hacer en sus dominios con el poder de la Emperatriz Infantil.

Inhaló despacio una vez más. Reflexionó con una mano entre sus cabellos rojos. Despacio floreció su sonrisa. Él entendía que la había creado con sus deseos, a ella y a su reino, creía que ella existía como respuesta a sus ansias de grandeza. Sonrió aún más. Pero era ella quién había deseado desde tiempos inmemorables un Salvador lo suficientemente ambicioso como para llegar hasta su castillo y darle la oportunidad de alcanzar el Pabellón de Magnolia de la Torre de Marfil. Y Bastian era así. Eso había visto a través de sus mágicos artefactos. Eso había visto en sus acciones en la Ciudad de Plata, en la manera en que se había expuesto al mundo, riéndose de Hýnreck el héroe y dejando como  ineptos a otros como Atreyu, del mar de hierba. El chico le serviría.

Tomó aire, y gritó de nuevo a sus acorazados.

—¡Arriba! ¡En la escalera! ¡En las ventanas!

Con los bajos de la túnica levantados bajó aprisa los peldaños hasta los sótanos. Pronto le llegaron los gemidos lastimeros de los prisioneros. También notó el olor a moho  en el aire enrarecido, así como el frio de aquellas plantas enterradas en lo profundo. Rió muy suave al ver cómo se consumían los tres soldados de Bastian. Tenían los ojos cerrados, pero seguían conscientes, colgando de las muñecas sobre el pozo negro que les robaba la vida. Su dolor llegaba a ella como una caricia. Sonrió. Uno de ellos despegó los párpados con dificultad. Sus ojos centellearon con pavor y Xayide amplió su mueca.  Revisó que la llave que los liberaba de aquel tormento siguiera bajo la losa de piedra y después regresó al  Salón Encantado. Fuera comenzaba el movimiento. El campamento se había levantado y los seguidores de Bastian se marchaban, Pero ella sabía muy bien que era una treta. El Salvador escalaba en ese momento los muros del castillo en búsqueda de sus tres compañeros. Xayide alzó la cabeza. Cogió el peine de ónice y, despacio, se cepilló el cabello rojo fuego. Lo trenzó luego mientras tarareaba una melodía siniestra. Después, con pasos decididos se sentó en su trono de coral y estiró los pliegues de su túnica violeta. Ensayó la mirada que dedicaría a su invitado. Y esperó. Cerró sus ojos mientras le daba tiempo. Sonrió. Los pasos del Salvador se oían ya por la escalera de piedra del castillo.

(Imagen: “Circe” de Waterhouse. Texto: Gloria Torres Daudén aka Xayideyaxide. Referencias: Michael Ende)

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