Relato publicado en el libro: “Esa cosquilla molesta” en 2008
A mis ángeles y demonios.
A todos los que han querido conocer a mi “rey escita”.
Gracias

Tu cadáver estaba a mis pies. Gélido, como el invierno más oscuro. Apenas pude mantener los dedos un instante sobre tu piel.
Estabas muerto, Malphas. Tu cuerpo gris se descomponía, como una montaña de arena que se desmorona. Unas plumas negras surgieron allí donde tu piel desaparecía.
Mis ojos se humedecieron. Imaginé tu risa cínica al ver mi debilidad, mi fragilidad humana de la que tantas veces te habías burlado. Pero no podías reír, tampoco podías mover tus brazos grises. Tus ojos sin pupilas estaban vidriosos y fijos en el techo de la caverna.
Las lágrimas me bañaron las mejillas y me cayeron por el cuello, casi tan frías como tu piel.
Habías muerto. Sollocé. Hasta entonces yo te había creído eterno. Nunca me dijiste lo contrario.
—¿Por qué me salvaste, Malphas? —murmuré—. No lo hiciste por deber, los demonios no creéis en eso. El pacto es un juego para vosotros. ¿Por qué me salvaste entonces?
Arrodillada junto a tu rostro, más parecido al de un ave que al de un humano, lloré durante toda la noche. Era la primera vez que te veía en tu forma auténtica. Te lo pedí muchas veces, pero jamás accediste. Siempre aparecías ante mí como un hombre joven, elegante, moreno, de ojos oscuros como el mundo del que venías.
Te hacía reír que en los bailes del conde se cuchicheara que eras mi amante y sobre lo impúdica que yo era al ir de tu brazo sin habernos casado. Te divertía el atractivo que tu falsa apariencia tenía sobre las damas y la envidia que despertaba en los caballeros. Te entretenía la estupidez humana. Te encantaba tu trabajo.
Hacía ya casi dos años del pacto y yo estaba harta de verte siempre con tu disfraz. Quería conocerte tal cual eras, sin artificios. Sin mentiras. No iba a asustarme.
“Puedes pedir cualquier cosa —me decías con tu voz seca y tu media sonrisa—, pero eso nunca”.
Al final, tras la muerte pude ver tus ojos sin pupilas y tu cuerpo gris. Durante horas me quedé paralizada ante tu cadáver que desaparecía en medio de la caverna en penumbra. Lloraba.
Agachada junto a tu rostro, esperaba temblorosa a que otro demonio acudiera a despedazarme, ahora que tú ya no podías salvarme. Pero nada. Tan sólo el silencio y el hedor a azufre de tu cuerpo mientras se descomponía. Sobre el suelo frío aparecían más plumas de cuervo negro.
—¡Malphas! ¡Malphas! —estuve gritando tu nombre hasta quedar sin aliento.
Ya nunca más acudirás a mi llamada, ni vendrás a por mi alma cuando muera. Me liberaste. Tendría que estar riendo y bailando como una ménade, pero no.
Malphas, quiero ir contigo. ¿Me oyes, Malphas? Ojalá supiera a dónde vais los demonios al morir, pero hasta hace dos días ni siquiera sabía que fuerais mortales.
Nadie se ha enterado en la ciudad. A los curiosos que se han extrañado de verme sola por primera vez en dos años, les he dicho que tenías que viajar y que ya volverías. Lloraba por dentro. Ojalá fuese cierto.
De la lucha portentosa que acabó con tu existencia tan solo quedaron piedras caídas y plantas carbonizadas y, una vez que tu cuerpo desapareció por completo, una montaña de plumas negras que el viento frío arrastraba.
Antes de que escaparan para siempre me apresuré en agarrar algunas. Aquí las tengo, frente a mí, al lado del candil y de la rosa de pétalos venenosos que creaste para mí como primer deseo. Es todo lo que me queda de ti.
Del demonio que me atacó quedó aún menos, tan sólo su hedor a azufre y carne quemada, pero el aire se lo llevó pronto.
Imagino sin problemas tu media sonrisa, brillante, embaucadora… y tus ojos negros como abismos. Hace tan poco que aún estabas aquí que puedo recordar tu perfume y, si cierro los ojos, puedo sentir tus manos rodeándome la cintura. Pero no, ya no estás aquí.
Me culpo por haberte llamado, Malphas. Aquel demonio me sorprendió en mitad de un conjuro y no pude hacer nada para deternerlo. Tu nombre surgió de mis labios inconscientemente, el primer nombre que siempre acude a mi mente. Me culpo por haberte llamado, pero yo no sabía que pudieses morir. ¿Y sabes que creo? Creo que hubieras acudido igual, aunque tu nombre jamás hubiese resonado en la cueva.
Juraste protegerme hasta mi muerte tardía, que sólo podría llegar por enfermedad. Entonces vendrías y se sellaría el final del pacto. Mi alma era tuya, Malphas. Ahora vuelve a pertenecerme y no sé si la quiero. No. Ya no la quiero. Quiero que regreses, quiero volver a ver tu media sonrisa y verte disfrutar de la vida absurda de los humanos. Quiero que acudas cuando te llame, quiero que regreses.
Pero eso es imposible.
Por eso esta noche en cuanto la luna asome, blanca y fantasmal, volveré a dibujar los símbolos sobre la tierra húmeda del bosque, volveré a colocar las piedras de atacamita en los ejes y a recitar los versos prohibidos. Entonces, con voz firme invocaré a otro demonio.
Una parte de mí anhela la muerte. Desea que me despedace, que me arranque la piel y me devore las entrañas. Una parte de mí busca entregarse como sacrificio. Otra parte sólo piensa en rogarle que te devuelva la vida, pero quizás no sea posible y sé muy bien que no se puede confiar en la palabra de un demonio.
Pero yo he aprendido mucho de ti, Malphas. Del veneno de tu rosa y de las plumas negras, he extraído un elixir. Dibujaré los símbolos en lo profundo del bosque y después me lo tomaré. ¡Volveré contigo, Malphas! El bebedizo hará efecto y el demonio invocado me llevará a ti, quiera o no.
Ya oscurece, Malphas. La luz abandona el mundo, igual que la noche de nuestro pacto. Pronto lo renovaremos, pronto alcanzaré el lugar donde residen vuestras almas.
TEXTO: Relato mio (Gloria Torres Daudén) Publicado en “Esa cosquilla molesta” 2008
IMAGEN: Waterhouse